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lunes, 2 de julio de 2007

Mis favoritos Hegel, Kieerkegaard y Y el amor de mi vida Nietzche

FILOSOFÍA
Georg W.F. Hegel: la filosofía


La filosofía es pensamiento que se acerca a la conciencia, que se ocupa consigo mismo, que se convierte a sí mismo en objeto, que se piensa a sí mismo y, sin duda, en sus diferentes determinaciones. La ciencia de la filosofía es, de esta manera, un desarrollo del pensamiento libre, o, mejor, es la totalidad de este desarrollo, un círculo que vuelve sobre sí, permanece enteramente en sí, es todo él mismo el que quiere volver sólo a sí mismo. Cuando nosotros nos ocupamos con lo sensible, entonces no somos libres en nosotros mismos, sino que somos en lo otro. Otra cosa sucede al ocuparnos con el pensamiento; el pensamiento existe solamente en sí mismo. Así la filosofía es el desarrollo (evolución) del pensamiento, que no es impedido en su actividad, De esta manera la filosofía es un sistema. [...] Pero la significación propia del sistema es totalidad, y es solamente verdadero en tanto que la totalidad que comienza desde lo simple y a través del desarrollo se hace siempre más concreto. [...]


En la filosofía como tal, en la filosofía actual, en la última, está contenido todo aquello que ha producido el trabajo durante miles de años, la filosofía actual es el resultado de todo lo precedente, de todo el pasado. Y el mismo desarrollo del espíritu, considerado históricamente, es la historia de la filosofía. Ella es la historia de todos los desarrollos que el espíritu ha hecho desde sí mismo, una representación de estos momentos, de estas etapas, como se han sucedido en el tiempo. [...]


Éste es el sentido, la significación de la historia de la filosofía. La filosofía emerge de la historia de la filosofía, y al contrario. Filosofía e historia de la filosofía son una misma cosa, una la imagen (trasunto) de la otra.

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Introducción a la historia de la filosofía, Aguilar, Madrid 1973, p. 70-72.


Friedrich Nietzsche: el futuro del hombre, las tres transformaciones


Tres transformaciones del espíritu os menciono: cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño.

Hay muchas cosas pesadas para el espíritu, para el espíritu fuerte, paciente, en el que habita la veneración: su fortaleza demanda cosas pesadas, e incluso las más pesadas de todas.

¿Qué es pesado? así pregunta el espíritu paciente, y se arrodilla, igual que el camello, y quiere que se le cargue bien.

¿Qué es lo más pesado, héroes? así pregunta el espíritu paciente, para que yo cargue con ello y mi fortaleza se regocije.


¿Acaso no es: humillarse para hacer daño a la propia soberbia? ¿Hacer brillar la propia tontería para burlarse de la propia sabiduría?

¿O acaso es: apartarnos de nuestra causa cuando ella celebra su victoria? ¿Subir a altas montañas para tentar al tentador ?

¿O acaso es: alimentares de las bellotas y de la hierba del conocimiento y sufrir hambre en el alma por amor a la verdad?

¿O acaso es: estar enfermo y enviar a paseo a los consoladores, y hacer amistad con sordos, que nunca oyen lo que tú quieres?


¿O acaso es: sumergirse en agua sucia cuando ella es el agua de la verdad, y no apartar de si las frías ranas y los calientes sapos?

¿O acaso es: amar a quienes nos desprecian y tender la mano al fantasma cuando quiere causarnos miedo?

Con todas estas cosas, las más pesadas de todas, carga el espíritu paciente: semejante al camello que corre al desierto con su carga, así corre él a su desierto.

Pero en lo más solitario del desierto tiene lugar la segunda transformación: en león se transforma aquí el espíritu, quiere conquistar su libertad como se conquista una presa, y ser señor en su propio desierto.


Aquí busca a su último señor: quiere convertirse en enemigo de él y de su último dios, con el gran dragón quiere pelear para conseguir la victoria.

¿Quién es el gran dragón, al que el espíritu no quiere seguir llamando señor ni dios? «Tú debes» se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice «yo quiero».

«Tú debes» le cierra el paso, brilla como el oro, es un animal escamoso, y en cada una de sus escamas brilla áureamente el « ¡Tú debes! ».

Valores milenarios brillan en esas escamas, y el más poderoso de todos los dragones habla así: «todos los valores de las cosas -brillan en mí».


«Todos los valores han sido ya creados, y yo soy -todos los valores creados. ¡En verdad, no debe seguir habiendo ningún 'Yo quiero!'». Así habla el dragón.

Hermanos míos, ¿para qué se precisa que haya el león en el espíritu? ¿Por qué no basta la bestia de carga, que renuncia a todo y es respetuosa?

Crear valores nuevos -tampoco el león es aún capaz de hacerlo: mas crearse libertad para un nuevo crear- eso si es capaz de hacerlo el poder del león.

Crearse libertad y un no santo incluso frente al deber: para ello, hermanos míos, es preciso el león.


Tomarse el derecho de nuevos valores -ése es el tomar más horrible para un espíritu paciente y respetuoso. En verdad, eso es para él robar, y cosa propia de un animal de rapiña.

En otro tiempo el espíritu amó el «tú debes» como su cosa más santa: ahora tiene que encontrar ilusión y capricho incluso en lo más santo, de modo que robe el quedar libre de su amor: para ese robo se precisa el león.

Pero decidme, hermanos míos, ¿qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león ha podido hacerlo? ¿Por qué el león rapaz tiene que convertirse todavía en niño?


Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.

Sí, hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir si: el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo.

Tres transformaciones del espíritu os he mencionado: cómo el espíritu se convirtió en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño.

Así habló Zaratustra. Y entonces residía en la ciudad que es llamada: La Vaca Multicolor.


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Así habló Zaratustra, Alianza, Madrid 1981, 9ª ed., p. 49-51.



Søren Kierkegaard: la subjetividad es la verdad


[...] Desde el punto de vista ético, la realidad es más importante que la posibilidad. La ética quiere precisamente destruir el desinterés de la posibilidad, haciendo de la existencia el supremo interés. Por ello la ética desea impedir las tentativas de confusión; por ejemplo, la que consiste en contemplar éticamente al mundo y los hombres. No se puede, ciertamente, contemplar éticamente, no hay más que una contemplación ética; la de sí mismo. La ética estrecha su abrazo en un instante sobre el individuo, exigiendo de él que exista éticamente. No charla ella de millones de hombres ni de generaciones, no toma la humanidad en bloque, lo mismo que la policía no detiene a la Humanidad pura. La ética se entiende con el individuo, y, observémoslo bien, con cada individuo. Lo mismo que Dios sabe cuántos cabellos hay en la cabeza de un hombre, lo mismo la ética sabe cuántos hombres existen, y el censo ético no se realiza para obtener una suma total, sino por interés de cada particular. La ética se exige a sí misma por cada individuo; tan sólo un tirano o un hombre impotente se contenta con diezmar. La ética toma al individuo y exige de él que se abstenga de toda contemplación, y sobre todo de la del mundo y los hombres. Pues la ética, en cuanto es lo interior, no se deja en absoluto contemplar por quienquiera que se mantenga en el exterior, no se deja realizar sino por el sujeto particular que puede saber lo que habita en él. Esto que habita en el hombre es la única realidad que, por el hecho de que se sabe algo de ella, no se convierte en una posibilidad y de la cual no se puede saber algo porque se la piense, pues es la realidad propia del hombre. De ella, en cuanto realidad pensada, es decir, en cuanto posibilidad, sabía él algo antes de que llegase a ser esta realidad pensada, mientras que no sabía nada de la realidad de un otro antes de pensarla, es decir, de transformarla en posibilidad.


Para toda realidad exterior a mí, es cierto que yo no puedo cogerla si no es pensándola. Si debiese proponérmela realmente, haría falta que yo me transformase en el otro -aquel que la hace-, haría falta que de esa realidad extraña hiciese la mía propia, lo que es imposible. Si, en efecto, convierto una realidad extraña en la mía propia, ello no significa que, por el hecho de tener conocimiento de ella, yo me convierto en el otro, sino que eso significa una nueva realidad que me pertenece, en cuanto soy diferente del otro.


Cuando pienso algo que quiero hacer, pero que todavía no he hecho, esta cosa pensada, por delimitada que sea, a la que se puede, por otra parte, llamar justamente, una realidad pensada, es una posibilidad. Inversamente, cuando pienso algo que otro ha hecho, es decir, una cosa real, retiro ese dato real de la realidad y lo transporto en la posibilidad, pues una realidad pensada es una posibilidad y, desde el punto de vista del pensamiento, más importante que la realidad, pero no desde el punto de vista de la realidad. Esto señala a la vez que éticamente no hay relación directa entre sujeto y sujeto, su realidad es para mí una posibilidad, y esa realidad pensada se comporta, en cuanto posibilidad, como mi propio pensamiento de algo que todavía no he hecho; se relaciona con la acción correspondiente a ese pensamiento.


Estéticamente e intelectualmente se puede decir que una realidad no está entendida y pensada sino cuando su esse se halla disuelto en su posee. Éticamente se puede decir que la posibilidad está entendida cuando cada posee es en realidad un esse. Cuando la estética y lo intelectual observan de cerca la cosa, protestan ante cada esse que no es un posse; cuando se trata de la ética, condena cada posse que no es un esse, es decir, un posse en el mismo individuo, pues éste, éticamente, no tiene nada que hacer con otros individuos. En nuestra época todo está confundido: se contesta lo estético en idioma ético, la fe en idioma intelectual, etc. Se sabe la última palabra de todo, y, sin embargo, no se presta la menor atención al plano sobre el que cada problema tiene su respuesta. En el mundo espiritual esto produce una confusión todavía mayor que si, en el mundo burgués, un negocio eclesiástico fuese resuelto por la comisión para el pavimentado de las calles.


[...] ¿Qué es el pensamiento abstracto? Es el pensamiento en el que no hay sujeto pensante. SI hace abstracción de toda otra cosa que el pensamiento y sólo el pensamiento se halla en su medio apropiado. La existencia no se da sin pensamiento; pero en la existencia el pensamiento se halla en un medio extraño. ¿Qué significa entonces plantearse problemas de realidad, en el sentido de la existencia, en el lenguaje del pensamiento abstracto, puesto que éste hace justamente lo contrario? ¿Qué es el pensamiento concreto? Es el pensamiento en el que hay un sujeto que piensa, y un cierto algo (en el sentido de algo único) que es pensado, allí donde la existencia da pensamiento, tiempo y espacio al pensador que existe.


La subjetividad es la verdad; la subjetividad es la realidad.


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Apostilla incientífica conclusiva a las "Migajas filosóficas", R. Verneaux, Textos de los grandes filósofos: edad contemporánea, Herder, Barcelona 1990, p.32-34.




Textos de Diccionario Herder de filosofía

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